PROXIMO PARTIDO

BUYUYUS VS ETILICOS DE JOSE SABADO A LAS 16:00

Etílicos vs Baloncesto Gerena. crónicas Etílicas.


Crónicas Etílicas

Etílicos vs Baloncesto Gerena.

“Un mago nunca llega tarde, ni pronto, llega
exactamente cuándo se lo propone".

Gandalf el Gris. ( Y Ramos, que sigue sus instrucciones al pie de la letra)

Los señores oscuros de suroeste de  Mordor, aka las mentes pensantes de distrito, habían dilucidado, no con cierta falta de pretensión malvada, y sin ánimo alevósico de maltratar a nadie en especial, en seguir usando las pistas externas de baloncesto de Hytasa para algo más que plantar jaramagos, iniciarse en el arte rupestre con tiza en el suelo o usarla, la pista,  de patinaje artístico, deporte que se puede efectuar sin problemas y sin necesitar ruedas en los pies. Me imagino la conversación entre ellos:

Oye, que todavía hay gente en Sevilla que quiere seguir jugando a Baloncesto.
— No jodas. Pues nada, ponlos en las pistas exteriores de Hytasa, a ver si mueren poco a poco entre resbalones y golpes en las gradas.
— Perfecto. ¿A qué hora le pongo los partidos?
—A las 16:00. No vayan a querer dormir la siesta.
— Eres demasiado cruel.
— BWAHHAHAHAHAHAHHAHAHAAA…. Que se jodan… (Mientras acaricia a su gato)

Visto el panorama, cerré la tienda sobre las 15:00, me monté en el coche y sobre las 15:10 ya estaba aparcando en las proximidades de Polideportivo Hytasa (polideportivo porque hay muchas polipistas de tenis muy bien arregladas, que son las que dejan dinerito)
Como tenía ciertas docenas de  gatos en la barriga tarareando el concierto de Brandeburgo, y considerando que estaba pasando delante del bar Caramba, me dije a mi mismo que una tapita y una Cocacola light no haría mucho daño antes de llevarnos una hora corriendo por la pista como si fuéramos cleptómanos en un Primark sin cámaras. Con gallardía y arrojo me apoyé en la barra cual Manolete y busqué con mirada risueña los ojos del camarero:

— Shurra, que tenéis de tapas.
— Morcilla, Carne con tomate, caldereta y unas albondiguitas caseras.
— Dale a las albóndigas, con brío, que llevo prisita.

Ya me extrañó que una congregación de camareros se aunara rápidamente en la cocina remangándose las mangas y poniéndose el costal, pero nunca hubiera supuesto que era por mi culpa. Después de unos minutos, pocos,  y de la cocacola light con algunas aceitunitas, el puñado de camareros salían de la cocina portando una bandeja enorme mientras la banda de las tres caídas sonaban detrás y un negro con dos bongos le daba a los mismos para que los quince camareros no perdieran el paso.
Encima de la bandeja cuatro albóndigas como balones de baloncesto y medio kilo de papas, que en condiciones normales se agradecen mucho, pero que para hartarse de correr detrás de una pelota a las cuatro de la tarde es de suponer que lo más adecuado no era.
Mientras devoraba la primera, pude divisar a Diego y Franco que ya iban con las mochilas para Hytasa. Ellos no me vieron porque estaba detrás de una de las albóndigas, yo si a ellos porque de vez en cuando salía a la superficie a tomar aire.

Después de comerme la segunda albóndiga y otro puñado de patatas, desistí de tener a Obelix como referencia culinaria y dejé el resto en la barra, pedí la cuenta y el barman preguntó extrañado:
 — ¿No están buenas las albóndigas? Has dejado dos.
— Si, lo hago para que le deis de comer a todos los putos animalitos de Narnia durante seis meses, cabrones, que esto se avisa para venir uno preparado.
— Pues ya lo sabes.
— Po tomo nota. Taluego.

Dejé el Caramba diciendo adiós con la manita a las albóndigas y aceleré el paso hasta llegar al polideportivo. Me adentré entre sus vetustas puertas y me acerqué a las pistas exteriores de baloncesto, donde solo había un grupillo de chiquillos adolescentes vestidos de color celeste y un señor calvo jugando a la pelota con dos niños. Ni Diego ni Franco. Qué raro, coño. Un halo de esperanza acudió a mi cabeza y pensé que lo mismo habían cambiado la pista e íbamos a jugar en el pabellón destinado – éste si- para jugar a Baloncesto como hay que jugarlo. En interior, sin corrientes de aire fresquito de Febrero arremolinándose entre las canillas y sin pista resbaladiza cual nivel Boss de Mario Bros.

Pues no, en el pabellón tampoco estaba el equipo. ¿Serían las albóndigas alucinógenas y me estaban jugando los sentidos una mala pasada?
Salí del pabellón ciscándome en los rilis de todo lo rilable porque además el pabellón está a tomar por culo de las pistas exteriores y andar para nada, a estas alturas de la vida, no es aconsejable ni sano. Saco el móvil y veo un mensaje.

— Negre, que te has pasao.

Vale. El señor calvo que jugaba con los niños era Nata, uno de los últimos fichajes del equipo de viejas glorias que todavía podían correr diez metros sin pedir el habeas corpus. Pensé entonces en lo mucho que hago que no voy a revisarme la vista. El oculista debe tenerme en busca y captura. O eso o en las gafas llevaba grasa para untar los raíles del AVE Sevilla- Macedonia para que no chirríen.

Observé atentamente las gafas y procuré hacer un balance instantáneo de entradas-salidas de flujo monetario bolsillil, porque me toca cambiarlas.

Hubiera preferido la mierda en los cristales.

Mierda de gafas.
Mierda de ojos
Mierda de País.
Bajé las orejas, avergonzado y me introduje en la jaula – porque son jaulas, putas jaulas donde los gladiadores miran al árbitro y hacen juramentos donde prometen que van a sobrevivir al tormento de jugar en pistas de horribles condiciones sin descoyuntarse o inmolarse sobre las rejas que dividen las pistas- número dos, que era donde tocaba “jugar”. Allí estaba Nata, con los peques.

Nata es una persona alegre, tanto que la última vez que dispuso una sonrisa en su rostro hicieron una fiesta en su honor en el pueblo, tan alegre que el Coco cuando quiere que se duerman sus niños les dice.- a dormir, que viene el Nata.

No, de verdad, es que parece muy serio. Tanto que podría hacer llorar a Montoro al hablar de economía. Tanto que lo echaron de la cárcel porque daba miedo a los demás reclusos. Tanto que de pequeño el hombre del saco entró en su casa a asustarlo y al verlo, rompió el saco, le dio la mano, pidió perdón  y se fue de misión a Kenia a salvar elefantitos con trompitas enrocadas.
Entre la incipiente calva – elemento casi indispensable para poder jugar en el equipo- los tatuajes rusos que lleva y esa carita de pitiminí tan risueña y pizpireta, te pide la hora y le das la cartera, un pulmón, la mujer, el reloj  y el número de cuenta bancaria porque al fin y al cabo la vida son dos días y no merece la pena perderla en la flor de la misma.

Al rato fueron llegando el resto de inútiles jugadores. Diego y Franquito que venían del vestuario, cogidos de la mano y saltando alegremente cual locuelas en un campo de fresas. Luego Macías (presidente honorario del club de calvos de la provincia) y Kike, otro elemento novedoso en el equipo. Un rifle Winchester de repetición del 73 al que todavía le queda pelo porque es más jovencito que el resto, que tiene cara de bueno – se llama Kike, coño, a ver si conoces tú a una persona que se llame Kike y no tenga rostro de oso amoroso. O que sea asesino en serie. Una persona que se llame Kike no puede ser malo, pagará todos los impuestos, no aparcará nunca en doble fila y donará su cuerpo a la ciencia cuando expire-

Al momento un haz de luz se precipitó sobre la cancha y de su interior apareció Luisma, que venía de recoger a la familia de Ganimedes y como con el platillo volante no llegaba, se decidió por la teletransportación. 

Y al rato, y por último, para variar, Ramos – música de tuba, por favor.-

Hacemos el intento de pelotear un rato para calentar, si es que en Febrero jugando en exteriores se pudiera entrar en calor. No se calienta ni Nacho Vidal en una convención de Playboy. Desistimos y comenzamos a tirar triples desde ocho metros, que no entran nunca pero coño, cansa menos.

En el otro lado de la cancha, unos chiquillos adolescentes vestidos de celeste que nos miraban con cierto respeto. Menos a Nata, nadie puede mirar los ojos de Nata y no perder la cordura para siempre.

Era el  típico equipo de gente muy joven que vienen por raleas, en manadas de diez o doce jugadores, que corren mucho y se cansan poco. Y un señor que era el Anacleto de Vázquez vestido con chándal y gorra de buscador de pokemons, con muchos años de más en el cuerpo y  que por lo visto era el entrenador de los zagales.

Decidimos quienes entran en quinteto por el método de la pajita más corta y se quedan fuera Ramos, que no tenía prisa por moverse demasiado y Nata, que estaba recuperándose de una vasectomía (Un saludo al cirujano que haya tenido el valor de tocarle los huevos a Nata y no morir entre terribles sufrimientos)

Salimos en el quinteto, éste que suscribe, Diego-cop, Macías- yo no me peino, no me hace falta-, Luisma- he visto cosas que vosotros no creeríais- y Kike- ¿ A que huelen las nubes? Sonrisa, guiño, sonrisa, icono de florecita) -

Como Diego venía sin armadura  ni los turbocompresores que su cuerpo de ciborg de saldo apenas le mantienen con vida debido a su senectud, es Macías Primero de Calvania y quinto de Alopecia  el que se dispone a saltar (es un decir) en el centro del campo. En apenas dos segundos ya íbamos perdiendo 0-2. Ni la matrícula le vimos al que recogió el balón del salto.

Después del susto, sacamos y  comenzamos el primer cuarto haciendo lo que mejor sabemos hacer, jugar andando y defender sutilmente con la mirada y comprobamos que, a pesar de ser jóvenes, rápidos, eficientes, peinados y ordenados, el equipo de chavales lo más redondo que habían visto en su vida era una galleta campurriana de María Fontaneda. Vamos, que mucho coraje, mucha equitación, mucho entrenamiento, mucho entrenador invocando a Pikashu te elijo a ti, mucho jalearse e intentar jugar duro y muchas novias de los chavales rugiendo en los banquillos como ultras rusos borrachos de Vodka después de una inspección de Hacienda,  pero lo que es jugar al baloncesto, ni en la XBOX, macho. Más malitos que un bocata de carne de pescuezo de ñu. Así que nos dejamos llevar, Kike saca el rifle y nos vamos de seis u ocho puntos en el primer cuarto, casi sin correr.

En el segundo cuarto hacemos un par de cambios, sale Ramos, desperezándose como diciendo ¿dónde estoy? Y sale también Nata, que acababa de desollar una rata que había atrapado con los dientes. Yo deduje que después de fallar todo lo que había tirado, pensado y/u omitido, mejor estar en el banquillo jugando al Clash of Clans con el móvil que seguir haciendo el ridículo en el campo. La hora, la pista, las albóndigas y el balón de plástico que votaba más que un salido en una cama redonda de un club de intercambios, por no decir que uno ya no puede casi ni con el culo, hacían una amalgama de posibilidades ciertas de terminar el partido como payaso de Mcdonalds más que como jugador de baloncesto, así que cerré los ojos, activé el modo Zen, y dejé que el tiempo pasara como cuando pulsas el FFcue en un video VHS.

Terminamos el segundo cuarto empatados a puntos, pero siendo conscientes que esto estaba ya ganado, porque no habíamos hecho prácticamente nada bien y estábamos en el partido. Alguno ni había roto a sudar. Para colmo al entrenador de Pokemons se le fundió una válvula, comenzó a vociferar como un gorrino en un matadero al gentil, amable, sincero, agradable y, por qué no decirlo, elegante árbitro – que lo mismo lee esto, coño ya- y lo expulsó fuera de la jaula, dejando a los mazapanes celestes sin voz cantante para llevar las riendas del, por otro lado, un poquito deficiente equipo de baloncesto. Lo mismo para coger moras rojas en los valles perdidos del interior de la península sí que sirven. De momento, para dar la cara ante los perros viejos de la liga, nop.  

Nada más empezar el tercer cuarto ya intuimos lo que iba a pasar, que se iban a poner nerviosos y acumular faltas, que iban a pegar pedradas a los ya maltrechos tableros de la mierdi-pista número dos de los exteriores de Hytasa y que, a poco que nos esforzáramos un pelín en defensa esto estaba ganado. Y así fue. Paseo militar para llegar al último cuarto con los deberes hechos, con la distancia en el marcador, con todo el equipo anotando – hasta yo- y llegando al final con el freno de mano echado y locos por irnos a las duchas para echarnos jabón y frotarnos las espaldas, pero sin mariconeos.

Al final, ganamos de diez o doce puntos, de tranquis, sin pasar apuros y celebrándolo en el Caramba, entre cervezas y cafeses. Y a otra cosa mariposa.

LO MEJOR:

- Otra victoria pal saco, que quieras o no, ganar mola.
-Nata ha sonreído y le han cogido puntos en el rostro en el ambulatorio.
-Las palmeras del Caramba tienen la misma superficie que el desierto del Gobi.
- Que no se pierda el buen rollo, ahora que lo hemos reencontrado. Os quiero, mamones.

LO PEOR:

- A Diego le han hecho un lifting en la cara de un manotazo, pero al final ha sobrevivido. Y Macías ha sonreído para adentro. Que estilo.
- El peinado de Ramos, cambia esos putos caracoles ya, coño
- Todo lo que tenga que ver con Kike. Que manía le estoy cogiendo.
- y ya está. A cascarla.


Antoño Negrete.

1 comentario:

endor3 dijo...

Excélsior!!!!